Me retuerzo en charcos de
nostalgia. No sé si tenéis idea de qué es eso de la nostalgia. Bien, la
nostalgia es ese sentimiento que te quiere acariciar con las yemas de sus dedos
llenas de púas. Al principio, la caricia es levemente placentera, levantando un
gesto risueño en las caras de sus víctimas; gesto que se quiebra cuando se
hincan dichas púas en la piel y te desgarran poco a poco, primero de forma
superficial y después llegando a lo más hondo, donde el dolor es más intenso.
Un reguero de sangre se desliza como un río tinto sobre la piel. La nostalgia
nunca desaprovecha una oportunidad para atacar; prefiere la soledad y la
nocturnidad, pero no discriminará otras ocasiones. Te pega auténticas palizas
con fotos, con cartas y con mensajes, pero sobre todo con recuerdos. Ahí es
donde su despliegue potencial es inigualable. Recuerdos comunes, he ahí lo más
punzante. Resulta que hay momentos a lo largo de un día en los que la vista se
queda en un punto fijo, y la mente, vuela. Van apareciendo todo tipo de imágenes,
de situaciones, de risas, de susurros, de lugares, de mañanas, tardes y noches.
Esos momentos de flaqueza total, en mi día a día, duran horas. Dicen que lo
pasado, pasado está, y que siempre fue mejor. La verdad, no sé qué opinar. Sí,
al pasado lo barre el presente. Y como en los presentes crudos se suele ver la
parte más atractiva del pasado, pues lo consideramos mejor. Pero el futuro
nunca entra en juego, nunca se moja en esta apuesta. No sé por qué nos
empeñamos en hundirnos en recuerdos pasados en vez de perseguir y construir
experiencias futuras para recordar en futuros presentes, si quisiéramos,
semejantes a las pasadas. No voy a cometer la desfachatez de decir alrededor de
qué punto estoy pululando yo.
A veces, se emplea el “echar de
menos” como sinónimo de la nostalgia, o como efecto. Cada uno está echando algo
de menos ahora mismo, aunque le cueste encontrarlo dentro de sí. Se echan
de menos las etapas, no las puntualidades. Y cuando hay alguna etapa que se
quiere rememorar, se proyecta en el futuro, replanteándose, porque fue algo que
dejó una huella especial en quienes lo vivieron. Así es como uno se sube al
escalón más alto del podio de los ilusos, cuando uno piensa en un posible
futuro que cubra lo que se echa de menos. Pues bien, si hay bronce, plata y oro
en ese podio, servidor se ha llevado las tres. Me gusta mucho mi pasado, qué le
voy a hacer. Pero a su vez, le tengo asco al presente y mucho miedo al futuro.
Por eso me considero un ente nostálgico: cualquier tiempo pasado mío fue mejor.
Ahora mismo, no sé qué soy, ni dónde estoy, ni qué hago, ni por qué lo hago.
Soy alguien que está derrochando su presente poniéndoles excusas a sus posibles
futuros. Quiero recuperar las cosas que no he sabido valorar, quiero aprovechar
mis horas haciendo feliz a quien se lo merece –incluso tengo la osadía de
incluirme ahí-, quiero ser, oír y dar. Quiero sentirme vivo, no como ahora, que
paso por la vida disimulando en todo lo que hago. Trato de mantenerme ocupado
para alejar las horas de nostalgia. Trato de reír para no dar tanto el cantazo.
Trato de salir de mi casa como si no pasara nada, haciendo como que no busco a
quien busco, como que no deseo encontrarme con quien de verdad me hace falta.
Trato de no derramar más lágrimas de las necesarias. Trato de no dar pena,
porque eso sí que es la cosa más humillante que puede estar un ser humano
llevando a cabo. Trato de mentirme cuando me miro al espejo, en los portales,
escaparates y demás; “ése no puedo ser yo. Por favor, dime que me estás
mintiendo”. Pero qué va. Has ido reconstruyéndote como has podido en tu estado
de letargo existencial, pero no vas a volver al punto en el que te encontrabas,
ese punto del que hablabas en tu nota de cortesía. Por mucho que te quieras
considerar, ahí tienes un espejo. Mira lo que hay ahí. La bofetada se da sola. ¿Tú ya no te acuerdas de lo que te enseñó
Abdulai sin decirte absolutamente nada? Sí, claro que sí: la soledad en
persona, y la gravedad en unos ojos. Pero aún así, mi consuelo no se encuentra
en las penas de otros. ¿Tampoco te
planteas las cosas que has dicho sobre las piedras de los caminos? Pero la
felicidad no está en las piedras, sino en la forma de sortearlas. Ahora, estoy
tropezando hasta en terreno liso. Claro,
estás recordando todo lo que has escrito para un nombre, ¿no? Es evidente.
Ahí radica mi nostalgia, tanto en las puntas de las narices como en los
portales, llegando al límite en las entradas sin título. Esperaba que no
cupiese duda de que mi situación parte de un tema amoroso y, conservándolo como
pilar, trasciende a mí como persona. No soy el mismo que hace un mes, pero ni
de lejos. Tampoco veo como un compromiso decir que en el tiempo transcurrido me
he planteado mil cosas, y digo lo del compromiso porque no es algo que se quede
en un escrito, sino en mí y en mis actos. Yo tenía unos principios muchísimo
más débiles de los que me pensaba, y es algo con lo que no puedo llevar una
vida como yo quiero. Ese es el punto principal de mi descoordinación personal.
Ahora, uno sabe lo que tiene y lo que quiere, y el camino que los une es
simplemente un conjunto de hechos más o menos pautados por unos valores firmes.
No, no tengo credibilidad ninguna, pero me tengo a mí, que soy el que mejor me
conoce. Y aunque haga oda de lo que no tengo, puedo hacer verso de lo que
quiero, como ya hice cuando lo tenía. La nostalgia de nuevo es la que me empuja
a sacarme de lo que soy con la mayor dosis de felicidad posible. Y si luego el
futuro se plantea de forma diferente, mi evolución seguirá ahí, y mi felicidad
se tendrá que enyesar de nuevo, para acabar luciéndola y compartiéndola con
quien quiera ser partícipe de ella. Aún no soy nada, pero con lo que quiero
ser, tengo motor para ser. Y seré. Como sea, pero seré.
Muy muy buena entrada, como siempre.
ResponderEliminarPiensa que cada cosa del presente en un futuro será pasado y dicho pasado será recordado, con mas o menos alegria, pero siempre con nostalgia.
postdata: te echo de menos.
Simplemente genial.
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