Ambos sabemos que no vas a leer esto. Quizá tardes un par de párrafos más, pero entonces cerrarás la ventana del blog y, simplemente, te pondrás a hacer otra cosa. Evidentemente, es culpa mía. Totalmente culpa mía.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Cuerpo. Alma

No habitaban ojeras borrascosas bajo su mirada; se le ensució. Su sonrisa se fue yodando en tono por el roce del alquitrán volando hacia las paredes de sus pulmones, que por costumbre  lo hacían suyo con un cierto síndrome de Estocolmo; se le desblanqueó. No había llagas, ni metales, ni sensualidad —gracias, viejo— allá donde tocara. Tampoco marcas en las mejillas, ni un ápice de hombría que le ensombreciera los carrillos; claro, eso poco ha cambiado. No había decisiones, ¡quién las tomara! No había egoísmo, no había odio, disculpa, crítica o desconfianza. Ni locura, ni deseo, ni desenfreno. Ni meta. No había peso del vivir sobre los hombros que curvara la espalda, pues todavía no había gravedad contra el joven erguido. “Ponte recto, camina recto”. Me cuesta, mamá. Vamos al mismo sitio, mamá. No corramos. Sí que le lijaba el segundero la juventud, sí que les caían las hojas a los cerezos y a los calendarios. Sí que iban al mismo sitio. Se notaba en las marcas del crecer aprovechado.

Pero antes no existía nada de eso. Porque antes no hacía falta nada de eso. Aquél era joven. Este, se quedará viejo.




sábado, 16 de agosto de 2014

Vino sólo una vez

¿Sabes? A veces estas cosas son impredecibles. A veces simplemente ocurren. Suena una canción y no puedes escuchar hacia otro lado; ojalá, ¡cuántas veces! Pero no. Simplemente ocurre, ya te digo. Y tiene que bañarte, no queda otra. Calarte todos los órganos que perciben, más allá de los cinco dados por supuesto, y atravesarte como antes. Soplar en la cicatriz y avivar la quemadura.  Porque pasa. Pasa cuando pasas por donde solías pasar, y la cicatriz murmura. Y cuando tu cabeza se arroja aleatoriamente para atrás, al innombrable pasado, también pasa: la cicatriz se abre para hablar, grotesca boca, y tus oídos se cierran para oír, oír por dentro, imposible de ignorar. Pero, ¿para qué ignorar? Tiene que bañarte, calarte, empaparte, inundarte, ¡no te ahogue! No ahoga. El recuerdo del amor no ahoga. ¡Ah, amigo! Hablabas de amor encubierto, poco encubierto.  No, no ahoga, siempre y cuando nades, o sepas nadar, o hayas aprendido a nadar. Entonces, se escala desde tifón a piscina. Pero hay quien se puede todavía ahogar, pero tú… No, tú no. A ti te puede bañar, y lo hace, ¡claro que lo hace! Pero hay que atravesarlo. Catar el recuerdo como un profesional el vino añejo: lo mira, lo huele, lo saborea… y lo escupe. Lo escupe; ya sabe suficiente, ya lo ha percibido. Si se avinagró, si está picado, ya lo sabe. Si sabe a gloria, ya lo sabe. El resto es gula, pecado capital. ¿Eres de los que se empachan con recuerdos? No, tanteaste las sensaciones de los avinagrados, paladeaste con gusto los buenos, escupiste ambos. Conociste en el presente las líneas pasadas, no todas, que son muchas, ¿qué más necesitas? No las vas a volver a experimentar en líneas futuras. Ve cosechando uva para los futuros vinos, te digo, alargando demasiado la metáfora. Sé un profesional. 

martes, 6 de agosto de 2013

Hasta la próxima

Hace tres meses y pico que no escribo nada que compartir públicamente. No me siento nada culpable, nada más lejos, porque si no he escrito nada supongo que será porque no había nada sobre lo que tuviera que escribir. Mi cabeza piensa eso: no había grandes reflexiones que valiera la pena relatar, ni inquietantes historias que contar, o simplemente no había empujón alguno que me hiciera ponerme a plasmar las que se me han ido ocurriendo, que ahora que lo pienso no han sido pocas. He estado haciendo otras cosas, tenía otros asuntos que atender, y no digo que sea cuestión de estudios, de trabajo, de familia ni nada parecido. Sólo que no he escrito como habituaba a hacerlo y punto. Y que diga esto no significa ni mucho menos que vaya a volver a hacerlo, aunque quién sabe, si no lo sé ni yo. Sé que no tengo por qué brindarle explicaciones a nadie, si tampoco creo que a nadie le interese. Todo lo que he escrito y he compartido ha sido porque me ha dado la gana, como esto, y cuando no he escrito, ha sido por el mismo motivo.


Tengo algunas cosas en mente que quizá escriba y comparta en algún momento, pero como ya digo, no prometo nada. Lo único que me hace falta es voluntad, ciertas dosis de inspiración y alguien que me lea. Y si tú, que estás leyendo esto, quieres leer —cosa que me cuestiono siempre antes de escribir—, ya sólo me faltan dos patas para sostener un texto de esos que a veces hago. Gracias y hasta la próxima.